Habitar para controlar.

La Casa de Hacienda es uno de esos temas de la historia de la arquitectura que por su doble carácter – al incluir conceptos de la historia y de la geohistoria, dos ciencias ajenas al campo disciplinar – permite manejos leves, aproximaciones estáticas y otras taras a las que nos tiene acostumbrada la academia (sí, con minúscula).  El desconocimiento del papel que jugaron los hacendados españoles en el dominio del territorio americano es uno de esos innombrables que deja en ridículo a los arquitectos cada vez que tratamos de establecer diálogos transdisciplinares.

LA CASA DE HACIENDA.

Quizás uno de los libros más importantes al hablar de la Casa de Hacienda en Colombia sea el de Germán Téllez (Casa de hacienda: arquitectura en el campo colombiano, 2007).  El libro inicia con un apartado de otro libro, este de 1975 (Enciclopedia Salvat), en la que el mismo autor refiere conceptos que son fundamentales en su argumentación.

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El libro de Germán Téllez, impreso por Villegas Editores.

La idea de hacienda como concepto que acoge la relación del hombre con el campo, así como la triada casa-lugar-paisaje (que afirmamos es entendido por el autor desde la idea renacentista de visual privilegiada sobre un entorno natural) (Téllez, 2007:11), se  unen a la afirmación de que este tipo particular de casa rural pone en presente la idea romana de finca rural para establecer, según el autor, la profunda unión que existe entre este tipo de vivienda, la vida sedentaria del agricultor y el emplazamiento que esta guarda respecto a un lugar específico en un espacio geográfico limitado. Se trata sin duda de una perspectiva modernizante, que anula cualquier referencia desde lo específico del objeto estudiado para hablar desde la historia en su ‘larga duración’.

EL PAISAJE COMO HERRAMIENTA HISTORIOGRÁFICA.

Podríamos contrastar su aproximación con la definición que hiciera Carlos Sauer en su clásico libro La Morfología del Paisaje (1925):

“El paisaje cultural se crea a partir de un paisaje natural por un grupo cultural. La cultura es el agente, la naturaleza es el medio, el paisaje cultural es el resultado.”

El giro que pone de presente Sauer, da como tema de aproximación la idea de un elemento un tanto anónimo y generalizante ‘el grupo cultural’ como un agente fundamental para entender la idea de paisaje, un elemento que nos parece esencial a la hora de pensar que en este tipo de construcción, en la que son escasos los referentes a artífices particulares, es la presencia de una multitud de agentes y factores los que dan como resultado esa idea general que parece traslucir en nuestro imaginario de la casa de hacienda.

Teniendo como presente este contraste, debemos pensar que al entrar en contacto con la idea de Casa de Hacienda estamos, por lo tanto, ante una compleja creación cultural en la que la naturaleza y la relación que ha establecido la comunidad con ella juegan un papel primordial; en el caso de la afirmación de Téllez los vínculos con culturas europeas como la romana o la árabe deberían tratarse con un fino tamíz que diferencie una forma de historia comparativa de la intuición.  Estos elementos parecen escapar a la perspectiva de Téllez, para quien la idea de continuidad entre la forma de ocupación que hiciera la aluvial cultura ibérica, con sus antecedentes moriscos y romanos sobre el territorio ancestral indígena, silencia una vez más la violencia como elemento constructor del paisaje colonial, el cimiento de lo que implica la vivienda rural de la colonia americana.

En tal sentido, ese tamíz que nos permite pasar de la historia general y su larga duración a la génesis local de lo territorial y la experiencia como elemento de construcción del saber, parecen escapar al autor, quien arma en su libro un gran paquete de influencias que parecen permear la tipología de la Casa de Hacienda, reuniendo épocas y culturas como si se tratara de la necesidad de justificar la presencia de este elemento en la gran historia de la arquitectura, un ejercicio de encaje de lo particular en lo general. Un groso ejercicio.

EL PAISAJE COMO HERRAMIENTA HISTORIOGRÁFICA.

Frente a este juego de dimensiones históricas, el concepto de paisaje cultural se nos presenta como un ente dinámico que surge de una entidad fundamental que podríamos enunciar: el grupo cultural como agente transformador de la naturaleza.  Es decir, a cada grupo cultural le correspondería una idea de paisaje, si bien un entorno natural transformado por los predecesores que se establecieran en su misma región geográfica. El paisaje es heredado y transformado, de allí su esencia patrimonial.

En su carácter de salvaguarda de lo que nos es propio por ser  herencia constitutiva de nuestro ser en el mundo, de la construcción de nuestra identidad como nación americana, en el derecho al patrimonio radica el poder emancipador de la idea de paisaje, al dar contraste a la estática idea de monumento con lo dinámico del territorio y ese Otro que es el Ambiente; un aire de cambio que no acostumbramos a ver en la perspectiva patrimonial tradicional, que tiende a petrificar los elementos que aisla del continuum de la historia y que erige como monumentos vacíos de ser viviencial.  El monumento y la tumba, relacionaba con precisión Adolf Loos.

Si bien la casa de hacienda es fácilmente reconocible a nivel de imaginarios, su proceso histórico ha definido una tipología con múltiples transformaciones desde su etapa colonial, al periodo republicano, a los inicios del siglo XX.  Todos podríamos afirmar que, en el caso que nos ocupa, la vivienda de hacienda se identifica con sus blancos volúmenes en medio de una naturaleza predominantemente verde, pero no con la misma forma de explotación de los recursos ecosistémicos.  Es una maquinaria más del proceso de economización del paisaje, de adecuación del Ambiente al sistema de mercado.

En este estrato, el conflicto entre nuestra realidad imaginada y la realidad observada es fundamental. En un sentido similar, en la tesis La Iglesia de la Compañía de Bogotá. Disgresiones historiográficas habíamos afirmado el escaso valor histórico de estas ideas tradicionales que buscan abandonar el estudio específico de caso, centrándose en la genealogías  de las trazas americanas (Vinasco,2004). Una idea que expresábamos con la aproximación crítica a un dibujo que hiciera Corradine, incluido en el tomo XX de la Historia extensa de Colombia:

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Este dibujo, que busca explicar los vínculos formales entre la traza de la Iglesia de La Compañía (hoy San Ignacio) con ejemplos paradigmáticos de la arquitectura europea renacentista (San Andrea de Mantúa y Il Gesú) es un caso típico de busqueda de genealogías sin una clara noción de cómo podrían pasar elementos específicos de una forma de hacer arquitectura a los complejos procesos edilicios de la sociedad colonial.

Vale la pena preguntarse si es correcto pensar, desde la idea de paisaje esbozada, si es posible que los diversos entornos de la sociedad mercantil italiana, la sociedad religiosa barroca y la sociedad colonizadora ibérica (así como la híbrida cultura de la colonia americana) podrían equipararse, para pasar por alto los diversos contextos que generaron cada uno de estos edificios enfatizando cierta concordancia formal que puede obedecer a nexos técnicos y no simbólicos.  Es decir, es necesario para dar un juicio justo de la naturaleza de la arquitectura americana entender la manera en que los procesos constructivos europeos pudieron incidir en la esencia formal de la arquitectura americana en tanto que se trata de grupos culturales con diferencias muy marcadas, ante todo, de sus paisajes, de sus territorios, de su ser en el mundo.

En el caso particular de la hacienda, podríamos recuperar la idea fundamental expresada por Jaime Salcedo Salcedo (1996) quien propuso pensar el complejo proceso de colonización americano desde la perspectiva de diversas factorías, es decir de pensar el territorio desde los diversos modelos de explotación ligados a los asentamientos que ocuparon los emigrantes españoles, sus descendientes en una comparación dinámica de intercambios (violentos o no) con los pueblos ancestrales presentes en el territorio.

En tal sentido, podemos concluir que hay  algunos elementos que debemos tener en cuenta para nuestra definición: La Casa de Hacienda no es una generalización para el territorio de la Nueva Granada (que como entidad político administrativa colonial agrupó territorios tan diversos como Los Andes peruanos y los Llanos Occidentales venezolanos) ; al hablar de vínculos con historias tan lejanas como las mozárabes y romanas debe tenerse en cuenta que la producción de esta vivienda señala la presencia de un grupo particular: españoles terratenientes, en busca de la implementación de un modelo particular de uso del suelo, así como de grupos privilegiados de sus descendientes, pues la Casa de Hacienda implica pensar diferentes ritmos de ocupación e intercambio como nos enseñara Braudel;  otro indispensable es la presencia de un tipo de geografía particular presente en el territorio cundinamarqués y boyacense; y, para hacer aún más complejo el tema, es fundamental entender la forma particular de explotación que tuvo el mismo.

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La cultura del minifundio en la geografía del altiplano cundi boyacense en conexión con el sistema de explotación del suelo de la encomienda, expresado todo en términos de paisaje. (imagen del usuario de Flickr Dairo Correa).

EL PAISAJE DE LA SABANA Y LA HACIENDA.

Entender la casa de hacienda como un complejo elemento arquitectónico emplazado en el marco de la explotación de un territorio geográfico particular nos permite dar acentos diferenciadores a la vivienda de las plantaciones de azúcar del Valle del Cauca, la localizada en los hatos ganaderos en los llanos orientales, la casa de la depresión momposina y el Magdalena Medio, y la vivienda del altiplano cundiboyacense, todas cobijadas historiográficamente en la ‘hacienda’, desconociendo que estamos ante la multiplicidad geográfica cuya historia, en términos de los asentamientos humanos, se extiende a la época precolombina, en lo que se conoce como territorio Muisca.

Si bien no es el lugar para abordar la compleja historia del asentamiento precolombino, presentamos esta contraposición de imágenes que nos permite entender que la geografía característica del altiplano es indisoluble del tipo de explotación agrícola que algunos autores consideran como característicamente agrícola del periodo precolombino.

 

En tal sentido podríamos comparar los dos planos para relacionar la presencia de un tipo cartográfico que Mumford podría definir como ‘corte de valle’, esto es un territorio característicamente plano con una fuerte presencia hidrográfica pero rodeada de montañas.

La ocupación del territorio del altiplano con un uso extensivo del cultivo de maíz (que algunos autores han propuesto podría alimentar a un millón de indígenas muiscas) sería fácilmente identificable por los exploradores españoles sugiriendo un tipo de ocupación característico de un segundo periodo colonizador que historiadores como Silvia Arango definen como ‘periodo de establecimiento’. Es decir que, dado el modo de explotación muisca, los colonizadores españoles establecieron haciendas agrícolas que aprovechaban la presencia de mano de obra indígena, según el modelo de fundación de ciudades que identificara Jaime Salcedo (1996), en íntima conexión con el territorio y paisaje pre colombinos.

Es en tal sentido que toma forma la relación entre la casa de hacienda y el paisaje que se definió en el territorio del altiplano cundinamarqués y boyacense, haciendo de la presencia de este tipo de edificio un elemento de carácter patrimonial en cuanto preserva de los silencios de la historia el legado de nuestros ancestros.

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Imagen tomada del libro Urbanismo hispano – americano: siglos XVI, XVII y XVIII.

Salcedo identifica que, una vez establecida la fundación urbana hipodámica, característica de la ciudad española en América, se generaron distintos filtros que definieron los límites de la ruralidad cultivable por ejemplo el ejido, un terreno de uso comunal, o las estancias (o haciendas), fincas agrícolas o ganaderas que se asignaban a los miembros de la expedición colonizadora de acuerdo a sus aportes a la misma. Se trata por lo tanto de un doble proceso de colonización urbana y rural basada en méritos.  En este sentido, la propiedad de la tierra misma daba a quien la poseyera un lugar en la compleja división de clases de la sociedad colonial.

La imagen del libro de Salcedo (1996) nos muestra el establecimiento de pequeños núcleos poblados y haciendas, con sus respectivos cultivos y centros de explotación ganadera. Tal sería el paisaje de la colonia, donde destacamos la presencia de pequeños volúmenes en los que es fundamental el papel del muro portante en la definición de la arquitectura.

En contraposición, la imagen de Arango  et al. nos muestra una representación del paisaje de la sabana cundiboyacense,  tal como fuera expresado durante el territorio colonial.

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Imagen del libro Bogotá y la Sabana: Guía de arquitectura y paisaje. Arango, Murcia, Nieto & Saldarriaga (2012).

LA CASA DE HACIENDA Y SU ENTORNO INMEDIATO.

Si bien la tipología misma de la casa de hacienda tiene una historia similar a la de la arquitectura colonial en general, determinada por las técnicas traídas por los colonos españoles pero tamizada por las posibilidades de los materiales americanos, la idea de jardín se encuentra íntimamente ligada a la relación que ésta establece con su entorno inmediato y a su funcionamiento como espacio interior.

En un gran número de construcciones del periodo (en las imágenes iglesias de Sutatausa y Sáchica a la izquierda) la presencia de muros portantes generó profundas naves que se articulaban para crear edificaciones más complejas, siempre teniendo en cuenta las crecientes necesidades del grupo humano que las habitaba. A este tipo de crecimiento se le conoce como orgánico, es decir ajustado a necesidades, frente al crecimiento planeado de conjuntos más complejos con un marcado componente urbano (conjuntos de monasterios o colegios).

 

Ésta técnica nos legó la idea del  volumen blanco rodeado de natural presente en nuestro imaginario de la arquitectura colonial, y por lo tanto, en la casa de hacienda.  Sin embargo, estas grandes naves se mezclaron en grupos más grandes, generalmente articulados en torno a un patio como en los casos de haciendas para molinos o de carácter recreativo de inicios de los siglos XIX y XX, respectivamente.

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Reconstrucción ‘ideal’ de una casa de hacienda colonial, tomada de la Historia Extensa de Colombia.

En estos modelos, cuyo  emplazamiento es  más complejo, el crecimiento se da sobre una serie de espacios vacíos que se colonizaban con jardines de plantas aromáticas y de uso medicinal o gastronómico, alternados con pocetas para recoger agua lluvia y algunos elementos decorativos, iniciando en nuestra historia el fructífero diálogo entre patio y volumen cubierto.

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Hacienda Fusca (Tellez, 2007).

 

En cuanto la ciudad de Bogotá se consolidó como centro administrativo del virreinato la explotación del territorio cambió  y se dio, por lo tanto un giro en las formas de asentamiento humano.  Como podemos señalar el cambio en el modo de explotación de la tierra da un acento diverso a la idea de paisaje, apareciendo casas con un acento en el ocio, que incorporaron rápidamente elementos del eclecticismo que se generó hacia el siglo XIX, años después de la desaparición del virreinato, pero tras la consolidación como capital de la república.

Con este tipo de casa de hacienda recreativa llegaron múltiples estilos que hicieron desaparecer la tradicional idea de los muros blancos y la cubierta de tipo colonial (con teja ‘romana’) característico.

Llegaron también los jardines de carácter ornamental con la presencia de elementos vegetales que daban un exotismo a los espacios abiertos alrededor de la casa que, sin tener el carácter de vigilancia sobre el cultivo que tiene la casa tradicional antioqueña, por ejemplo.

La relación interior – exterior estará mediada entonces por aperturas y balcones que tienen como marco la presencia de los patios señalados, de elementos florales y otras especies decorativas que hemos señalado, tal como apunta en la imagen la relación entre la balconada y el jardín con lirios inferior.

 VIDA EN LA CASA DE HACIENDA:

El espacio interior de la casa de hacienda está vinculado a los distintos ritos y actividades que conforman la vida familiar, pero en particular a la casa como lugar de dominio sobre el territorio, este vínculo se expresa en su espacialidad interior que albergaría – con la llegada del ferrocarril y la presencia de un comercio más activo – elementos traídos del exterior, dando a la casa de hacienda y recreo un tinte cosmopolita que servía para demostrar la riqueza de sus dueños. En la imagen, la presencia de una chimenea ‘a la inglesa’, así como tapíces y otros elementos ornamentales sirven como ejemplo de este proceso.

 

 

 CONCLUSIÓN

Puesta de esta forma, la casa de hacienda forma una unidad cultural con el paisaje que la circunda. Sería difícil hablar de ella como algo más que un imaginario que reúne ejemplos y tipologías muy precisas que van de las naves simples con techo de pares de madera a las complejas construcciones de ladrillo con detalles en piedra neogóticos del eclecticismo del siglo XX.

Quizás el elemento más importante a recuperar en esta tradición sea la presencia de los diversos filtros que señalaban la transición entre lo rural, lo urbano y su estado intermedio en la hacienda, a través de diferentes muros, empalizado y sembrado que daban sentido a la propiedad minifundista post colonial.

 

Este paisaje del altiplano, con sus volúmenes perdidos entre la colcha de retazos del sembradío es la presencia del paisaje cultural, una entidad que no debería encasillarse en un marco temporal, sino en la actitud de una cultura ante su territorio.

 

REFERENCIAS.

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Arango, S., Murcia, C., Nieto, J., & Saldarriaga, A. (2012). Bogotá y la Sabana: guía de arquitectura y paisaje. Universidad Nacional de Colombia.

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Gutiérrez Cruz, S. N. (2009). Casa, crisol y altar. De la hidalguía vasconavarra a la hacienda chiapaneca: los Esponda y Olaechea. Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas.

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Salcedo, J. S. (1996). Urbanismo hispano-americano: siglos XVI, XVII y XVIII: el modelo urbano aplicado a la América española, su génesis y su desarrollo teórico y práctico (Vol. 2). Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de Arquitectura y Diseño. Bogotá.

Sanz Hernando, A. (2011). El jardín español: una mirada nueva al paisaje.

Soraluce Blond, J. R. (2001). Arquitectura cubana: vernácula, colonial y ecléctica

Souer, C. (1925). La Morfología del Paisaje. University of California. Publications in Geography 2.

Tellez, G. (2007). Casa de hacienda: arquitectura en el campo colombiano. Colombia. Villegas Editores.

Vinasco, F. (2004). La Iglesia de San Ignacio en Bogotá, disgresiones historiográficas. Bogotá. Universidad Nacional de Colombia.

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