El trabajo con la comunidad… otro lugar común.

 

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Como si se tratara de una palabra de tendencia o se estuviera promocionando una colección de ropa, en arquitectura todo se viste del adjetivo ‘social’, una bonita forma de pasar por alto nuestra predilección por el star system y la construcción de espacios excluyentes.

Iniciando el semestre académico, en una pequeña construcción que más semejaba una modesta caja de zapatos que un auditorio, el decano de una de las facultades más antiguas de Colombia recibía a los estudiantes de primer semestre señalando que la vocación del arquitecto hoy ‘es social’, a diferencia de su ejercicio profesional que inició (en sus palabras) erigiendo caletas para los carteles de la droga y moteles para la clase emergente sin el más mínimo reparo ‘pues tal era el trabajo para los arquitectos en los años ochenta’.

No me explico por qué no tuve nunca que realizar este tipo de ‘encargos’ si bien yo también trabajé en los ochenta pero, más allá de lo que podríamos decir de este exultante nivel de honestidad que seguramente logró dar un marco muy concreto a la experiencia universitaria de los jóvenes estudiantes (y un panorama de lo que sería su vida en la universidad que produjo a este exalumno decano) podríamos puntualizar con ello que a finales del siglo pasado la arquitectura eligió separarse a cualquier costo de los deprimidos y paupérrimos entornos sociales de la vida latinoamericana, y que hoy se encuentra arrepentida.

Esta ‘dejación de armas’ ante el aplastante poder que tienen en nuestro continente las dinámicas propias del mercado inmobiliario, o frente a la necesidad de conseguir ‘el pan de cada día’ de quienes han perdido paulatinamente su lugar en el esquema del mercado y se dedican a enseñar, borró del horizonte profesional de los miles de egresados de nuestras facultades de arquitectura el poder que tiene el oficio para transformar el mundo.

Podemos decir que, en general, la formación del arquitecto obedeció en las últimas décadas a esta polarización: el arquitecto de taller vs el arquitecto constructor, partiendo de un juicio realizado por los propios arquitectos que situaba su oficio en la disyuntiva entre el arte y la técnica sin siquiera pasar por alguno de los textos clásicos que nos ha legado nuestra historia sobre esta distancia entre la praxis vital, la tekné, y la ciencia. Los arquitectos no leían, no escribían, no visitaban comunidades, se recluían en entornos que paradójicamente poco exploraban su especificidad disciplinar, mientras el mundo entero cambiaba hacia perspectivas de la formación para la investigación, para la transferencia social y… lastimosamente para las patentes de productos.

En ese orden de ideas, aislados de los escenarios decisorios para la planeación urbano ambiental de los entornos humanos, los arquitectos cedimos nuestro lugar en la producción cultural del espacio y fuimos, también, poco diestros en ilustrar a la sociedad en cómo utilizarnos, en vender nuestras experticias, en contar la manera en que afectamos la vida de los demás, mientras el imaginario del arquitecto – artista – dibujante se consolidaba.

De la mano de la crisis ecológica y de los datos que arrojara el informe Brundtland a la cara de urbanistas y mercaderes de la vivienda mínima –que bien valdría revisar pues tienen alrededor de veinte años de uso y las tendencias poblacionales pueden haber variado-, la imposibilidad de continuar con el ritmo de urbanización del planeta ha hecho que el discurso cambie, que las motivaciones roten… que lo verde se vuelva el paradigma formal de la arquitectura y lo social su objetivo último.

Tal como comentábamos al decir que Todo lo verde se desvanece en el aire, esta inversión del discurso ha sido hábilmente acaparada por los equipos de mercadeo de las universidades para vestir los mediocres programas académicos de los ochenta de un nuevo manto, ya no sagrado – esperamos – sino verde y social, descuidando gravemente la necesidad de una mejor formación disciplinar frente a catástrofes como la del edificio Spase o la pobreza formal y urbanística de la vivienda social que promueve el gobierno; parece que hoy en día un arquitecto se forma con mayor énfasis en antropología, sociología y trabajo social que en arquitectura.

Parafraseando a Carl Sagan: ¿Usted cree en la arquitectura social? pues no, no es que crea, es que tengo pruebas.

¿Dónde queda entonces la especialidad profesional del arquitecto? Una vez más, tal como en el fútbol, los practicantes del oficio y sus mercaderes se ‘comen la finta’. Rendidos ante la necesidad de atraer a la generación millennial a la vetusta aula de clase colonial, vestida con sus mejores galas – sistemas de información y trabajo social – vemos cómo la arquitectura pierde su horizonte ante el poder real de la propiedad privada, y los espejismos de la utopía social y el trabajo con comunidad.

Un caso aparte lo conforman emprendimientos de jóvenes firmas de arquitectos que llevan sus iniciativas a la práctica del trabajo con la comunidad y el impacto social. Ellos no están en los talleres sociales que pululan en el continente y que en muchas ocasiones sólo disfrazan la capacidad de algunas rémoras de la arquitectura para hacerse invitar por universidades a través de vender sus destrezas de culebrero en las comunidades más pobres. No son los talleristas que van de país en país invitándose mutuamente para pasar una semana de rumba entre los jóvenes y vulnerables estudiantes de arquitectura del pregrado, vendiendo la idea de que trabajar con la comunidad es ilusionarlas con proyectos urbanos o estructuras efímeras que poco o nada hacen por los problemas reales de relación con las entidades que administran el suelo en nuestras ciudades, o en cómo resistir los empujes de la gentrificación y la planificación estatal. No, de ellos no vale la pena hablar.

Iniciativas como las de la Fundación Juligón, Arquitectura Expandida, y otros colectivos ponen la vara alta al momento de enfrentarse con estos diletantes de la arquitectura social, pobres mercachifles.

El Pico, Biblioteca y centro comunal.

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Location: Shuanghe Village, Yunnan Province, China; Diseño: Design: Olivier Ottevaere and John Lin, University of Hong Kong; Construcción: Kunming Dianmuju Shangmao Company; Funding: Knowledge Exchange Impact Award, HKU; Project Team: Crystal Kwan (Project Manager), Ashley Hinchcliffe, Connie Cheng, Johnny Cullinan, Jacky Huang; Área: 80 m2.

Fotografías: John Lim

Ganador en los premios A&D 2014 como major proyecto en categoría professional de arquitectura.

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El Pico es nuestra traducción libre del nombre dado a este proyecto, que bien podría ser La Cresta. The Pinch, es una librería y centro comunitario en China, en la villa de Shuanghe, que forma parte de acciones del gobierno chino para reconstruir la región tras el terremoto del 2012.

Del sitio que encontró la Universidad de Hong Kong a lo que logró construir median el interés real por la investigación y la transferencia de tecnología, en un país para el que las patentes y los problemas de la propiedad intelectual quedan en un segundo lugar frente al bienestar común. A través de un ejercicio de cooperación y transferencia tecnológica con un aserradero de la región, el proceso de diseño exploró la diversidad formal a través de un recurso simple, una serie de armazones de madera vence una diferencia de nivel, mientras crea un puente y una fuerte cresta (el Pico) para articular la diferencia de nivel entre dos lugares de actividad peatonal, un diálogo de carácter constructivo que le permite servir simultáneamente como puente y cubierta.

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Recubiertas en Aluminio para hacerlas impermeables, y con un revestimiento tipo deck, estas armaduras soportan al interior estantes para libros y otro mobiliario del centro comunitario. Complementan el equipamiento de esta actividad sillas y bancas tradicionales, mientras puertas de policarbonato permiten establecer una relación espacial que proyecta el interior hacia la plaza, construida por el gobierno como parte de la recuperación del lugar.

El emplazamiento de la biblioteca busca sacar el mejor provecho a un muro de contención de cuatro metros de alto, para lo cual aprovecha su forma de plegadura proveyendo a la comunidad de un puente peatonal que le comunica con la plaza y un memorial de la tragedia. Las visuales lejanas son aprovechadas igualmente, configurando una diversidad de significados que se soportan en la plegadura: monumento, hito, equipamiento.

 

 ¿Qué tenemos para aprender de este Pico?

Mil y una veces me he quejado de los investigadores que nombran en las facultades de arquitectura, generalmente docentes desvinculados de la práctica profesional, familiares o amigos del decano o director de programa de turno, con poca capacidad de innovación y aún menos ganas de generar nuevo conocimiento.Generalmente proponen –y les aprueban- la revisión de algún material que le interesaba en la juventud y pierden el tiempo jugando sudoku o haciendo acuarelas en su oscura oficina, en algún sótano o garaje convertido en centro de investigación mientras pasa el semestre.

Así he visto cientos de investigaciones rechinar sobre la tierra pisada en nuestro país, siguiendo gustos personales sin tener en cuenta que por estar prohibido por el código sismo resistente en escenarios que no sean el patrimonial, su uso hace que sus proyectos no sean financiables, les excluye de toda iniciativa gubernamental. Es la expresión directa de la terquedad de investigadores que no piensan en salir de su círculo de confort y pretenden innovar en materiales coloniales, lo que les ha valido perder vigencia y poder de innovación… vigencia.

La gestión del Pico debería valer como esquema de una arquitectura renovada, que transforme el entorno con innovación pues tal es el camino para cambiar la imagen que tiene el mundo de los arquitectos; para presentar nuevas alternativas y no las anquilosadas respuestas de un oficio que murió tras el éxtasis moderno.

El Pico es útil para mostrar un proceso que mejora el equipamiento de una comunidad desde su propia especificidad, generando un proceso que revitaliza una técnica –en su caso la carpintería- de sus habitantes y enseña desde la investigación cómo proponerla para nuevos usos.

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También es un modelo de gestión, al articular los diversos actores de lo constructivo en torno a su propuesta de innovación, educando para el mejoramiento de procesos locales en un escenario de transferencia de conocimiento que crea alternativas de producción entretejidas con lo local. Enseña para producir.

No hay innovación sin investigación, lo contrario es propio de mercachifles y culebreros que inventan lo novedoso y mercadean lo milagroso; es el escenario de los emprenderismos y las ventas de garaje, de universidades de garaje… garajitas vs universitas; por lo tanto, tampoco hay una transformación del papel social de la arquitectura sin una investigación que parta de las bases disciplinares para proyectarlas en esquemas de innovación.

En este proyecto se parte de ideas base de la enseñanza tradicional de la arquitectura, desde el uso de la escala, la modulación, y el análisis de la actividad humana, y no por eso se pierde en el fin social del equipamiento. Esa es la lección que al parecer olvidamos ante la urgencia de vender matrículas, que la base de todo proyecto de arquitectura es disciplinar, y lo que da su enfoque social es el proceso de gestión –que también forma parte del oficio-.

¿Qué destrezas disciplinares específicas?

En primer lugar, especificidades como el diálogo entre revestimiento y estructura portante, base que se afirma en un conocimiento de la geometría descriptiva para describir la superficie de doble curvatura que conforma el proyecto. Con el puente surge también la necesidad de emplear un conocimiento antropométrico básico para formular un adecuado soporte de la actividad en pasamanos, pendientes, y hasta el desnivel entre el remate de la cubierta y el final del muro de contención, que da el espacio para su uso como banca al aire libre.

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Un diálogo similar entre soporte y revestimiento sucede en soporte de las actividades que acoge el edificio. El conocimiento que nos legara la arquitectura moderna de la modulación y la planta libre parecen dar sentido a la presencia de estos parales que simultáneamente pueden ser equipamiento (estante), revestimiento (fachada) y modular la actividad a su interior sin recurrir a complicadas zonificaciones y muros de soporte o división.

 

La gracia con la que los soportes parecen ‘flotar’, nos habla sin lugar a dudas de una especificidad del diálogo entre levedad y peso, característico de la arquitectura renacentista y de algunos diálogos modernos ¿será que por su carácter social no se apoya en un conocimiento de la historia y la teoría de la arquitectura?

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Este tinte surrealista de los estantes que no tocan el piso, elementos lineales de madera en tensión que aprovechan el sentido de la fibra (y de paso el valor de los conocimientos en estructuras tradicionales de los pensum de arquitectura) recupera ese valor estético y sorpresivo de la mejor arquitectura, promovido desde su capacidad de innovar para generar oportunidades y ya no desde la presunta ‘nobleza’ de materiales y acabados. En algunas imágenes podemos ver las casas en materiales nobles que promovió el gobierno chino como contrapartida a este proyecto de raigambre cultural, las dos vertientes de lo sostenible frente a frente, la que deja en la comunidad, la que trae en aviones y helicópteros materiales que no son de la región… la más usual.

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Un punto fuerte del proyecto es la transferencia de tecnología, que podríamos equiparar al modelo de copy left, más familiar a quienes nacimos en el siglo XX. Un punto fundamental de la transferencia de tecnología en arquitectura es dejar a la comunidad una destreza que le permite replicar el producto para obtener un sustento a posteri… una enseñanza que deberíamos replicar, educar a la comunidad es el verdadero emprendimiento, el que no nace del egoísmo del: yo sé, tú ignoras.

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Para terminar, otro punto fuerte en la formación del arquitecto, la construcción de relaciones entre espacio interior y exterior, fundamentales en el establecimiento de relaciones espaciales que son a la vez sociales, que permiten construir comunidad en torno al espacio público y la visual, basadas en la relación entre estructura y revestimiento pero que, al apoyarse en las visuales lejanas apuntan a la experiencia del paisaje como elemento primordial del emplazamiento del proyecto.

El tema del paisaje es uno de los grandes aportes de las Naciones Unidas a la protección del patrimonio que ha pasado desapercibido para las facultades y los arquitectos. Entender los modelos de producción, el entorno natural y los elementos de cultura como gérmenes de todo posible proyecto de largo plazo en las comunidades rurales es fundamental si lo que en verdad pretendemos es reintegrarnos a una sociedad que no necesita el servilismo del constructor de caletas y moteles, sino la capacidad de construir puentes que permitan a los más pobres superar el abismo de la desigualdad y la falta de oportunidades.

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