El pueblo, la casa, el centro del mundo.

José Arcadio Buendía amarrado al castaño.

El fundador, José Arcadio Buendía, quien descubrió la fórmula para sembrar los almendros de la calle principal de tal manera que vencieran al tiempo, debe pasar sus últimos años amarrado al tronco del castaño en el patio de la casa que él mismo construyó, hablando con quienes le visitan en latín, esa lengua mágica y extraña de científicos, literatos y locos.

Otros héroes míticos han recibido en castigo por sus hazañas la venganza de los dioses: aplastados por montañas, amarrados a ellas, condenados a vagar por océanos llenos de peligros, desterrados de tierras paradisiacas por el peor pecado: la aventura de la ciencia y el conocimiento.

Alguna vez reflexionaba sobre una hipótesis que relacioné con el rascacielos contemporáneo: si Noé debe salir a fundar un mundo nuevo tras el diluvio -más allá de lo conocido- debió llevar consigo no sólo a los animales, a sus hijos y provisiones, sino todo aquello que le permitiera volver a fundar su mundo en el sitio que Dios le indicara entre las tierras anegadas, al interior de la paludis universalis, la gran ciénaga que sería el mundo post diluviano. Una imagen recogida a la perfección por García Márquez en su narración del éxodo de los Buendía y la fundación de Macondo.

En un sentido similar, que quizás motivó mi reflexión, en su Historia de las Religiones Mircea Eliade señala que mundo, ciudad y casa forman una misma entidad que se puede rastrear a través de diferentes culturas antiguas, con ciudades fundadas siguiendo órdenes cosmogónicos particulares en Roma, la India, China.  Por lo tanto, es natural que tal sea el orden de la cosmogonía macondiana.

El acto fundacional operado por José Arcadio Buendía es la inscripción de Macondo en el mundo; establecer el orden y trazado de las calles es el acto que inscribe a su pueblo sobre el caos de la ciénaga que le rodea, dando forma a un acto sagrado, con el mismo valor de lo revelado a otros en sueños, con el mismo valor que el realizado por el espíritu que se desplazaba sobre las aguas cuando todo era oscuridad.

‘Cada ciudad nueva representa un comienzo nuevo del mundo’ señala Eliade, el cosmos se funda con Macondo, erigido en el centro del mundo para los Buendía y aquellos que les siguieron en su empresa, huyendo del pecado original representado en la muerte de Prudencio Aguilar.

De igual manera, podemos relacionar el castaño en el patio de la casa con otros árboles que por su carácter sagrado se erigieron en centro del mundo, mitologías que señalan el vínculo entre el cielo y la tierra: el bíblico árbol del bien, el mal y la ciencia en el centro del paraíso terrenal; el Yggsdrasil, árbol sagrado para las tribus nórdicas; y de allí a tantos otros casos en los que la comunicación entre tierra y cielo está mediada por columnas, que en su verticalidad, similar a la del árbol, se identifican simbólicamente con el pilar del mundo, cuyo sentido es el de sostén de la creación tal como el árbol sostiene con sus ramas el cielo, extendiéndose ampliamente sobre la tierra.

 

Atendiendo este procedimiento, e involucrado como estoy con el método de interpretación de la imagen que sugirió Panofsky, la obra de García Márquez me pareció inaugural de una perspectiva de construcción del tiempo que no se da a partir de los grandes universales sino con la atención por el detalle inmiscuido en el tiempo vivido, una actitud de claro sesgo humanista que se enfoca sobre el actuar humano y no sobre los grandes relatos inscritos en la cultura.  Su centro es el acontecimiento, el evento, la corriente de construcción de sentidos que es la vida.

 

Siguiendo a Mircea Eliade

‘Quizás el ejemplo más revelador del simbolismo de la casa es el de los Fali, un pueblo del norte de Camerún. La casa es la imagen del universo y, por consiguiente, del microcosmos representado por el hombre; pero al mismo tiempo refleja todas las fases del mito cosmogónico. En otras palabras, la casa no es una construcción estática, sino que tiene un “movimiento” que corresponde a los diferentes estadios del proceso cosmogónico. La orientación de unidades separadas (el poste, las paredes, el techo), así como la posición de los utensilios y los muebles, se relacionan con los movimientos de los habitantes y su ubicación en la casa. Es decir, que los miembros de la familia cambian sus lugares dentro de la habitación según las estaciones, la hora y las diversas modificaciones de su estatus familiar o social.’

Ese estatus del espacio tiempo, basado en la acción como acontecimiento, en el actuar humano como puesta en escena de la cosmogonía misma se constituye en lo que más directamente podemos relacionar con la obra de García Márquez y sus múltiples dimensiones de este eje simbólico mundo, ciudad, casa:

‘… y al cabo de algún tiempo descubrió que cada miembro de la familia repetía todos los días, sin darse cuenta, los mismos recorridos, los mismos actos, y que casi repetía las mismas palabras a la misma hora. Sólo cuando se salían de esa meticulosa rutina corrían el riesgo de perder algo.

O en otro lugar del texto:

‘A veces ocurrían accidentes imprevistos. Una tarde estaba Amaranta bordando en el corredor de las begonias, y Úrsula tropezó con ella.

-Por el amor de dios- protestó Amaranta -, fíjese por donde camina.

-Eres tú- dijo Úrsula -, la que estás sentada donde no debe ser.

Para ella era cierto.     Pero aquel día empezó a darse cuenta de algo que nadie había descubierto, y era que en el transcurso del año el sol iba cambiando de posición, y quienes se sentaban en el corredor tenían que ir cambiando de lugar poco a poco sin advertirlo.   A partir de entonces, Úrsula no tenía sino que recordar la fecha para conocer el lugar exacto en que estaba sentada Amaranta.’

Estos valores del tiempo narrados por la obra de García Márquez, del universo macondiano que tanto oímos hablar, son lo que puede ser más importante de seguir para mí, un arquitecto confiando en su intuición al ver esta obra como representación de valores que expresan una cultura de lo narrativo, como herramienta contra el avance de una forma de ver particular: la mundialización de la cultura occidental como único fin de la historia. En dicha perspectiva considero la novela Cien años de soledad como una obra fundacional al inaugurar la estructura narrativa manifiesta en una manera particular de ver el mundo, influyendo en los desarrollos posteriores no sólo en un nivel literario, sino exponiendo cómo una cultura -no un autor- ha logrado poner de manifiesto en su obra sus valores simbólicos primarios a través de imágenes, alegorías e historias a los que podemos unir motivos formales que podemos identificar fácilmente en todas sus expresiones artísticas, pero particularmente en su hábitat.

Dichos motivos han sido estudiados en tres perspectivas: la primera, analizando las imágenes literarias como continuidad con un desarrollo histórico de la literatura española, relacionándolas con fuentes del pasado como Gargantúa y Pantagruel, o El Quijote; la segunda, considerando el ritmo de la narración, sus saltos entre el pasado y el presente de los acontecimientos, a través de dos figuras, la prolepsis y la analepsia, desplazamientos de la narración que nos hablan de una manera de aproximarse a lo temporal a través de la escritura; la tercera, centrando el análisis en lo mítico, en la fundación de un espacio mitológico que sería el fundamental para captar el sentido de lo escrito.

Los motivos, esa unión de forma y significado que expresa la figura literaria, se multiplican en las páginas de la novela, sin embargo, algunos, dado el carácter monótono que tiene la historia para los Buendía, se repiten de personaje en personaje: los sueños de los padres, son los sueños de los hijos, el espíritu de los padres es el de los hijos.

–Qué quería- murmuró-, el tiempo pasa.

–Así es-dijo Úrsula-, pero no tanto.

Al decirlo, tuvo conciencia de estar dando la misma réplica que recibió del coronel Aureliano Buendía en su celda de sentenciado, y una vez más se estremeció con la comprobación de que el tiempo no pasaba, como ella lo acababa de admitir, sino que daba vueltas en redondo.

Los sueños de fundación del pueblo que revelan a las diferentes generaciones el sueño mítico de Macondo, la visión de Melquíades, el cuarto en el que no pasa el tiempo, el corredor de las Begonias, el encuentro con el casco muerto del galeón español, son motivos que reiteradamente se pueden ver en la novela, y que pueden ser el material del que se conforme una investigación acerca de la presencia de ‘valores simbólicos’, siguiendo a Panofsky.

El barco y la rémora.

El destino de los hermanos Buendía.

Buscando entre los motivos de Serlio que se encontraban reseñados en algún libro de Santiago Sebastián huellas de sentido, hallé en la Emblemata de Alciato, diferentes imágenes que me hicieron recordar, de una u otra manera, la narración de Cien años de Soledad, imágenes de faunos, de aves, de paisajes, de hombres y dioses, todos con una intención moralizante; sin embargo, algunos llamaron mi atención más que otros, lo interesante es que correspondían con la imagen literaria casi al pié de la letra. Aquí cabe mencionar que cada emblema va acompañado, por un corto texto en latín que relaciona la moraleja con la imagen, una relación que señalaba el carácter moralizante de la novela, apuntando también a la conexión que existe entre un texto como el de Alciato y el de García Márquez, separados en el tiempo pero cercanos en términos de cultura, así como debo mencionar, también, la relevancia de que sea el latín la lengua del amado loco amarrado al castaño.

Todo se inicia con una intuición que, aunque poco tiene que ver con la novela en sí, dio inicio a la búsqueda de una posible relación entre la portada de la primera edición de Cien años de soledad, y las ilustraciones de Alciato que utilizan el motivo del barco para dejarnos alguna enseñanza.  Ambas nos muestran, a manera de fragmento, la imagen de un barco antiguo, navegando en un mar turbulento.

Nueva imagen (3)

Hasta este punto, la portada, obra de los intereses y la interpretación que del libro ha hecho el ilustrador, no parece hallarse relacionada en nada con lo narrado en Cien años de soledad, seguramente trata de recordarnos una de las imágenes que perdura más en la imaginación de quien lee el libro: el Galeón español, abandonado, en algún lugar de la densa selva de Manglares, el arca varada en el Ararat. Sin embargo, este es el rasgo a rescatar en la portada, el ilustrador ha identificado y segregado con claridad una de las imágenes que recurrentemente entra en relación con la familia Buendía, y la ha fragmentado del texto original para poderla convertir en objeto de estudio.

Nueva imagen (1)

Al encontrar varias imágenes similares en los libros de emblemas, esto es, imágenes de barcos antiguos, podemos dar cuenta de la importancia de seguir la intuición con un método, pues no es válida cualquier relación, sólo aquella que entra en contacto con el tema, con el concepto sobre el que se mueve la imagen literaria.

Sería fácil decir que el emblema cuarenta y tres ‘la esperanza cercana’ guarda relaciones con Cien años de soledad; aún más fácil señalar que el barco, tradicionalmente símbolo de esperanza puede ser visto como el anuncio de la redención de la estirpe Buendía.  Aún más, no se necesita mucha profundidad iconológica para señalar cómo la presencia en el emblema treinta y ocho de dos estrellas que representan a Cástor y Pólux anunciando la calma tras la tempestad y relacionada con la manera en que amainó la tempestad por su presencia en la balsa de los argonautas se puede relacionar con la presencia de los hermanos Buendía como augurio del sosiego a la tempestad que ha de borrar a Macondo de la superficie de la tierra, si bien todo esto no sería más que adivinanza.

El emblema ochenta y dos, In fascile a virtut desciscentes, narra cómo la rémora, aun cuando pequeña como un caracol puede desviar al barco empujándolo a los acantilados aún en contra del impulso del viento y los remos, según recoge de autores clásicos Santiago Sebastián. Este es el emblema de quienes se apartan del buen camino y los estudios, de la virtud.

‘Veréis el otro estudiante, que con gran cuydado conmenço a estudiar, y juntóse con otro estudiante, que parece estudiante en el hábito… Ay otros que tienen buen ingenio, pero dan en ser enamorados o en jugar, y luego no se aprovecha del buen ingenio ni del tiempo, porque amores y naypes rémoras son que detienen al hombre para que no siga la virtud.’[1]

Nueva imagen (4)

Centrándonos en el texto de Alciato vemos representada la estirpe de los Buendía: los primeros hermanos y otros, descendientes, tienen siempre en común haber nacido predispuestos a los polos opuestos reseñados en el emblema; de allí, a través de él, podemos ver de manera ostensible la persistencia de elementos ‘simbólicos’, que se filtran en la lectura.   Como si se tratara de algún código secreto, embebido en su ADN, uno de los hermanos nace con inclinación a los estudios, en particular, de las ciencias astronómicas (Aureliano); el otro, amante de los juegos de azar y de las casas de prostitución del pueblo,  José Arcadio, se marcha a emprender la vida con los gitanos, dejando atrás los trabajos que su padre y hermano para construir un cuarto en donde adelantar sus estudios.  El futuro coronel, Aureliano Buendía, el aparentemente benigno en esta contraposición de caracteres arquetípicos expresada a través de esta dupla de hermanos (que ha de repetirse en otro tiempo, con otros nombres, en el mismo lugar) hereda de su padre la constancia, para dedicarse al laboratorio de alquimia, donde aprende pronto el arte de la orfebrería.

Podemos decir siguiendo a Alciato y a García Márquez que padre e hijo, los dos estudiantes del emblema, se recluyen entonces en los altos estudios. La primera ubicación del cuarto de Melquíades al lado del taller de platería del coronel, es la del lugar desde donde -con el estudio de los astros- el abuelo aprende a moverse por el mundo.

‘Cuando se hizo experto en el uso y manejo de sus instrumentos, tuvo una noción del espacio que le permitió navegar por mares incógnitos, visitar territorios deshabitados y trabar relación con seres espléndidos, sin necesidad de abandonar su gabinete.’

Con ello se abre un campo de estudio que espero poder desarrollar algún día: el estudio de los astros, unido a los principios que estudiara José Arcadio Buendía, influenciado, sin duda, por el regalo que le hiciera Melquíades y que ‘había de ejercer una influencia terminante en el futuro de la aldea: un laboratorio de alquimia’.

La imagen del laboratorio, cuarto de Melquíades, es otra de las narraciones de Cien años de soledad, que espero poder analizar.  Algo particular sucede con los espacios de Macondo : el deterioro de unos se vé expresado en los otros, el paso del tiempo parece reflejarse en el pueblo a través de la casa de los Buendía, las transformaciones que la casa sufre, son las transformaciones del pueblo. Sin embargo, la habitación de Melquíades reta al cambio, permaneciendo siempre como en los días de esplendor; es como si no tuviera que sufrir el deterioro al que están condenados los habitantes de la ciudad de los espejos.

‘Toda la estructura parecía ocupar un ámbito propio, un espacio de soledad y de olvido, vedado a los vicios del tiempo y a las costumbres de los pájaros. En el interior, que los expedicionarios exploraron con un fervor sigiloso, no había más que un apretado bosque de flores[2].’

Cuando estas palabras nos describen el galeón varado en la playa, no podemos menos que percibir, la secreta relación entre estos espacios en donde no transcurre el tiempo, al menos no el de los mortales, entre el galeón y el cuarto de Melquíades, entre Macondo y la casa de los Buendía, entre la fundación mítica de la ciudad y la refundación cotidiana de nuestra existencia.

[1] DIEGO LÓPEZ, citado por Santiago Sebastián en sus comentarios a la Emblemata de Alciato.

[2] GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel:   Cien años de soledad, Pg 18. Editorial oveja negra, 22ª edición.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s