La vivienda descentrada.

Casas palafíticas contra el invierno.

Aunque por más de 30 años sostuvo a sus 3 hijos y a su esposa con su trabajo como pescador, ahora Blas vive de la caridad de quienes le regalan un plato de comida. “Estamos encerrados en un pueblo que ya no existe. A punta de vender pescado hice mi ranchito y le daba de comer a mis hijos, ahora mi casa es mi canoa, aquí duermo, como y vivo, porque no tengo a donde ir, ni siquiera puedo ir a donde mis vecinos, aquí en Sincerín sólo vive el agua”, anota con profunda tristeza este humilde pescador.[1]

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