Todo lo verde se desvanece en el aire.

En ESCALA de lo ecológico.

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http://st-ar.nl/o-mighty-green-summary/

La humanidad se encuentra en un momento decisivo de la historia. Nos enfrentamos con la perpetuación de las disparidades entre las naciones y dentro de las naciones, con el agravamiento de la pobreza, el hambre, las enfermedades y el analfabetismo y con el continuo empeoramiento de los ecosistemas de los que depende nuestro bienestar.[1]

Agenda 21.

Los gravísimos problemas que enfrenta el planeta han motivado la reflexión de diversos organismos en todos los niveles. Ya sean los objetivos del milenio de la ONU, las metas que se han trazado los países -así como las grandes ciudades- para su crecimiento, o los cientos de alternativas en torno a la ecología que vemos cada día en los medios de comunicación, la crisis en la relación del hombre con la naturaleza está presente en cada actividad humana asociada al consumo.

En el gremio de la construcción, culpable del 40% de las emisiones de CO2 y del 60% del consumo de materias primas en el mundo, las preocupaciones en torno a la ecología han tomado diversos matices.  De un lado, la genuina preocupación por la forma en que se plantea la construcción de nuestro entorno, iniciativas involucradas con nuestras comunidades más pobres, con la acción social, con la recuperación del valor que tienen para una sociedad los constructores de su espacio; de otro, la inevitable pugna por las posibilidades económicas abiertas por el consumo de tecnologías verdes y productos eco-amigables, el matiz de lo consumible, de lo reciclable, de la venta de tecnologías ‘limpias’. Son dos caras de un espectro que sin duda va a determinar el futuro de nuestro papel como gremio en la sociedad del siglo XXI.

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Para nuestro medio, éstas últimas alternativas, basadas en la rentabilidad de vender lo ‘eco-amigable’,  ponen sobre la mesa una antigua polémica entre consumo y producción. Lo verde se ha vuelto un producto más, que compite en las páginas de las revistas de diseño con la publicidad de telas y de desarrollos inmobiliarios; un elemento publicitario que se aúna a otras características prestigiosas como canchas de golf cubiertas o terrazas para asados con el afán de generar una plusvalía para el consumidor final de un producto sin par, hasta hablar mal de lo verde se ha vuelto un acto ligado al consumo. El hábitat se vende como las botellas de agua, con sellos verdes y estampas de árboles que evocan un medio que paradójicamente queda en riesgo por la misma existencia del producto que legitima. Ésta escala ecológica de lo construido como producto repercute en el quehacer del arquitecto en su día a día, y por cuanto vemos en las aulas, también se evalúa como parte fundamental de la formación de los profesionales del futuro.

Todo lo verde se desvanece en el aire, y bajo las terrazas verdes o los techos productores de energía –en muchas ocasiones una simple pintura o una teja compleja – quedan las mismas aproximaciones a lo edilicio que han traído a la humanidad a un extremo en que se juega su supervivencia, haciendo caso omiso de las advertencias de la ONU que, hace ya veinte años, anunciaba el agotamiento de los recursos del planeta en las décadas por venir.

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http://tejiendoelmundo.wordpress.com/2010/03/23/hogares-insolitos-vivir-en-una-casa-hobbit/#more-12165

http://simondale.net/house/index.htm

Hace más de un siglo nuestra sociedad enfrentó un problema similar, la relación entre hombre y naturaleza sufrió un cambio radical con el final del siglo XIX y la revolución industrial. En aquella época como ahora, la confianza del hombre se depositó en la tecnología; hoy como entonces, vemos que esa confianza es generadora de más problemas que soluciones, es particularmente preocupante ver cómo el desplazamiento de la solución de los problemas ecológicos a la esfera de la tecnología aleja cada vez más a los miles de hambrientos y desposeídos que habitan el mundo de soluciones reales a sus problemas. Confiar en que la tecnología solucione la crisis ecológica es confiar en que el consumo de la misma lo haga, hecho poco probable y con tintes dramáticos para un continente como el nuestro, sumido en el hambre, el atraso, proscrito de los mercados globales, del acceso a soluciones que dado su alto nivel tecnológico son económicamente prohibitivas.

En una edición anterior de la Revista Escala (E220) reseñábamos la visita a nuestro país de la denominada Casa Alemana, hoy, revisando el tema, no deja de ser angustiante que la crisis haya provocado en los países industrializados una perspectiva centrada en el desarrollo de lo energético –nuevamente lo tecnológico- como un producto más de exportación para ser vendido a países en vías de desarrollo. Ésta visión, mercantilista, señala la conocida oposición entre sostenibilidad y sustentabilidad, entre hemisferios, entre niveles de desarrollo, que marca el derrotero del tema para nuestro continente.

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Por contraste, si lo sostenible está indudablemente ligado al desarrollo y al consumo, el problema que nos atañe es el de lo sustentable, el problema de alcanzar unas condiciones de vida mínima para nuestros desposeídos. Deberíamos tener siempre presente que en nuestras sociedades -cuyo estado de desarrollo es casi preindustrial- las necesidades básicas no se encuentran cubiertas, que las preocupaciones del arquitecto latinoamericano deben pasar por la reflexión de la relación que su obra establece con lo social, con la comunidad; para un continente al que se negó un estado aceptable de desarrollo la tecnología de lo sostenible es una condena más.

Otro síntoma de nuestro estado de apatía frente al problema ecológico se configura al tratar de solventar nuestra crisis recubriendo nuestros desaciertos constructivos con certificaciones como la Leed –marquillas de consumo que aseguran prestigio-, no deja de ser sintomático de la actitud de nuestra arquitectura contemporánea, ávida por respuestas fáciles y foráneas, síntoma enmarcado en los bajos niveles de investigación, emprendimiento y desarrollo del medio arquitectónico. En ocasiones la certificación en sí misma es una forma de saldar la deuda que en términos de diálogo con su medio (en todas las escalas de la sustentabilidad: Política, Económica, Social, Cultural, Ambiental) guardan los grandes emprendimientos que caracterizan la búsqueda de internacionalización de nuestras ciudades. El énfasis de estos rankings internacionales, generalmente pensado en países industrializados, ávidos de optimizar sus reservas energéticas, es obviamente el bajo consumo, la tecnología, podrían ser un primer paso en la reflexión sobre los problemas implícitos en la construcción del siglo XXI.

Este auge de lo tecnológico representa nuestra ambigua postura sobre el papel que tiene la arquitectura en el ciclo del consumo de las materias primas y la energía, en la sociedad de la crisis de los recursos y el auge de la información; en ese camino, el aumento de iniciativas que consideran la basura como una forma de hacer arquitectura, seguramente con las mejores intenciones, pervierte la necesidad absoluta de un cambio en nuestra forma de tratar el medio ambiente. No hablamos en este espacio del reciclaje de lo edilicio, sino literalmente del hecho de tomar basura y construir con ella. Sin duda, tras este segundo enunciado de lo sostenible para latinoamericanos se esconde la inevitable condena a perpetuar la pobreza, basada en el consumo de unos recursos escasos, que seguimos tratando como ilimitados.

En un sentido similar, invitado por la Revista Escala al segundo seminario De Cómo Construir y no Destruir en el Intento, el Arq. Solano Benítez señalaba la injusticia que se esconde tras la vivienda de interés social, apuntando a que, si es un absurdo pensar el agua y la luz de interés social, es decir como servicios de segunda categoría y baja calidad para ciudadanos de segunda, en arquitectura estos planteamientos que buscan una vivienda de interés social son ridículos si cuanto se persigue es saldar mediante la arquitectura la deuda que nuestra ciudad tiene con aquellos desposeídos. Pensar el hábitat debería forzar al arquitecto en el desarrollo de herramientas que trasciendan el simple reciclaje de los desperdicios, la arquitectura no debería ser un producto basura, mucho menos para aquellos forzados a vivir en medio de ella. En esta perspectiva, pensando en términos del interés de la sociedad, cambiamos la vivienda pero la seguimos construyendo en zonas de riesgo, eso sí, con materiales reciclados.

Es claro que debemos pensar más allá de la basura, en el bajo consumo, en la eficiencia, pero por encima de ello en soluciones que combinen la economía de medios con la solución de necesidades reales, trascendiendo el problema del reciclaje, que en términos de cuanto necesita hoy nuestro mundo, tan sólo disminuye en una cantidad ínfima las toneladas de desperdicios que nuestra acelerada forma de vida y consumo deja en la naturaleza. El reciclaje, tanto como lo verde, se está tornando en otro leitmotiv que parece exonerarnos del consumo masivo, otro tip ecochic, asociado a una ética negativa del consumo que es lo que realmente deberíamos transformar. No necesitamos hacer una casa con basura, literalmente eso, lo que se necesitan son nuevas formas de habitar el mundo, que permitan el desarrollo de una nueva ética que garantice una buena arquitectura.

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http://simondale.net/house/index.htm

Iniciativa de transformación.

En términos de reducción de la huella de carbono generada por la construcción, por el uso de tecnologías importadas y materiales con procesos de producción e instalación que impactan negativamente al ahorro que pretenden, la buena arquitectura siempre ha tenido en cuenta variables fundamentales que cada vez son menos utilizadas, más aún cuando la atención de los medios se centra en lo energético y lo verde. En ese sentido, desde las normas vitruvianas hasta las propuestas más recientes, la relación con el lugar geográfico, con los materiales de construcción, con la mano de obra y las comunidades locales, permiten al arquitecto reconocer variables iniciales que, en tanto proyectan la forma en que se construye, generan respuestas específicas a cada proyecto, verificadas en la cultura.

En términos de eficiencia con la energía, el primer asunto es pensar en la orientación correcta del edificio, que en estos términos requiere mayor atención que pensar en el amanecer y el atardecer. En nuestros entornos, ocupados casi totalmente por tramas ortogonales que impiden las correctas orientaciones de volúmenes y formas frente al sol, la primera, y más clara iniciativa debería ser el compromiso con la localización correcta de fachadas, con la preeminencia de la dirección sur norte para la orientación, con el análisis correcto del impacto del sol en cubiertas y terrazas.

La segunda transformación implica pensar en la multifuncionalidad de los espacios construidos, cuyo garante ha sido para la modernidad el principio de la planta libre. En términos de la vida del edificio, el pensar en lo multifuncional significa no comprometer las formas con programas o funciones particulares, caducas, sino pensar en los múltiples usos como una  forma de saldar la deuda entre construcción y economía a través del tiempo. Pensar en la larga duración de lo construido frente a lo cambiante de las necesidades humanas, posibilita acciones que, ligadas a aspectos constructivos como la modulación o el análisis de las unidades en que se producen los materiales constructivos, hagan factibles usos diversos que acaben con la obsolescencia formal funcional de nuestra arquitectura. El desmonte de partes del edificio que tras su vida útil puedan adquirir un uso nuevo, es una forma de garantizar el uso continuo del edificio, un aporte valioso en términos del dinero invertido frente a su tiempo de uso, alargando este último, pensar en renovación, no en reciclaje.

Analizar los documentos de la ONU, sobre cambio climático y gestión de riesgo es un paso obligado antes de aventurarse en un terreno en que paradigmas tradicionales del diseño deben transformarse. Es necesaria una perspectiva en la que la gratuidad de nuestras formas ‘espiritualizadas’ encuentre un balance con la actitud investigativa y racional que la emergencia de nuestra situación necesita. Debemos pensar en edificios saludables, pensados desde la bioclimática, cuya implantación pase por el análisis e investigación de variables como el sol, el viento, el agua, los recursos; las formas gratuitas, espiritualizadas, bellas, no obedecen necesariamente a las variables que la arquitectura de hoy necesita.

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http://www.plataformaarquitectura.cl/2011/06/21/oh-verde-todopoderoso-star-strategies-architecture/

Estos aspectos son, quizá, los más difíciles de transformar, pues la arquitectura ha sido vista como una especie de técnica de lo espiritual, en cuyas formas se plasman aspectos de la subjetividad que, en una perspectiva de cuanto necesita el mundo, deben pasar a un segundo plano frente a las necesidades de eficiencia formal, bajo consumo y economía de medios.

El llamado al uso racional de los recursos, basado en el examen claro de los problemas, buscando que nuestras soluciones sean de bajo coste energético y alto impacto social, a optar por la solución que implique un bajo consumo, y no por aquella que se dirija a la tecnología o a la belleza del lujo y el exceso, que deshaga en la arquitectura todo cuanto es superfluo, es el llamado a pensar en una arquitectura del bienestar en un mundo llamado a desaparecer por nuestras malas decisiones.   Ambientalmente racional, inocua, en particular cuando se trata de nuestra relación con la ciudad, legado de nuestra cultura hacia el futuro, debería ser nuestra escala, la escala de lo ecológico.

Video en el tema:

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